Henos aquí de Pravia dispuestos a vivir el día de la marmota
bretona. Está visto que el año pasado no tuvimos suficiente con la dosis
recibida de folclore, circos, enclaves paradisíacos y mejillones, que este año
repetimos con ánimos renovados.
Las entradas del blog de 2011 demuestran lo más que
satisfechos que quedamos de nuestra singular (en realidad plural, que éramos 2)
experiencia bretona y, en concreto, de lo vivido en Lorient (esa ciudad que
tiene el encanto de un párking). Así que este año, decidimos que ampliaríamos nuestro
bagaje folclórico, arquitectónico y paisajístico con una segunda invasión en
tierra celta.
A lo largo de estas entradas se verá cómo algunos de dichos
objetivos fueron quedando apartados hasta casi quedar en el olvido. Más en
concreto y por cuantificar, las pretensiones senderísticas y paseadoras de P.
quedaron finalmente reducidas a “cero pelotero” según se verá posteriormente.
Nos dejamos a la prima de Riesgo en casita, nos dejamos
también en casita la ola de calor, pero no olvidamos meter en la maleta el
macro calzador de Ikea, muy útil para dar forma a la maleta y provocar estupor
en el compañero de viaje.
Salida de Madrid, patrocinados esta vez no por Albacete como en 2011, sino por Melilla, con el bonito detalle de Iberia de agasajarnos con 45 minutos de retraso.
El avión, toda una premonición.
El vuelo resultó estar plagado de niños pequeños, todos los
cuales se portaron genial. Pero eso sí, el asunto nos fuerza a hacer muecas por
doquier, una de las cuales tiene tamaño éxito que culmina con P. dándole el
biberón a una bebé franco-argentina de nombre Lola y dotada ya, pese a su corta
edad, de fuertes garras para la sujeción de dispositivos electrónicos y, en
concreto, esmarfones.
Obsérvese en la imagen la maña de P. a la hora de dar el biberón y la estupefacción de la madre de Pablo (a quien se presentará en breves momentos) ante hazaña tan memorable.
Reseñar en este punto que mientras sea posible se mantendrá la imagen pública de P. en el economato debido a que, tras el memorable baile que se marcó el año pasado en Lorient, durante estos meses han sido legión las mujeres que se han dirigido a este pobre reportero solicitando no sólo sus datos de contacto sino si, por casualidad, podría hacerme con alguna ropa íntima de su vestidor.
El vuelo transcurría sin más novedades, con el comandante
Johnny Beefeeter Walker expresándose
en un correctísimo esbañol. Sin embargo, un acontencimiento de los que la Pajín denominaría planetario
provocó que quien no creyese que los niños son únicos e irrepetibles sin duda pasara
ciegamente a no creer otra cosa.
Porque es aquí donde Pablo, un sevillano de 4 años, embobado en su primer viaje en avión, alucinando con las curvas de las azafatas (¡ups!, éste no era Pablo), viendo las nubes y suponiendo alturas prácticamente inabarcables nada más que para un puñado de privilegiados, pregona a voz en cuello:
¡Pues a ver si vemos a Dios!
Hay que decir que a la llegada a Nantes hubo que atender a muchos de estos miembros pequeñitos de dislocamiento de cuello grado 1 debido a sueño repentino y voraz, lo que en el Francés Sin Esfuerzo ™ de P. se denomina quedarse très frite.
De nuevo estamos en Bretaña. Temblad.
Para quien no haya leído las andanzas del año pasado, baste indicar lo que a veces se cuece por aquella tierra, sin duda estable:



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