Bretaña nos agasaja, pa’mpezar, con algo que en la
traducción directa del francés, se llama lluvia, fenómeno meteorológico por lo
visto muy frecuente en esas tierras y que consiste en que mágicamente del cielo
se precipitan sobre los cuerpos de los mortales gotas de agua. Pero no creáis
que hace falta para ello una ducha, no. El agua cae del cielo sola. Agua de la
que moja. Aturdidos, comprobamos, además, que en esa inhóspita tierra, las
temperaturas bajan de los 35 grados. Están locos estos bretones.
El destino es Vannes y la parada intermedia,
Rochefort-en-tèrre, ville fleurie, ville
de l’une des plus belles de France, ville de charactère y villa donde
comenzaron las tres pruebas olímpicas en modalidad gastronómica para las que P.
y un servidor habíamos conseguido la mínima: moules en cocotte, bière presión y cidre a volonté. Creemos que tenemos posibilidad de medalla en las
tres, bien sûr.
La florida villa de Rochefort-en-tèrre y, abajo, P.
mochila en ristre (sale pequeñito y de espaldas porque aún no queremos arriesgarnos a que lo puedan reconocer. Las fans son muy ávidas cuando quieren)
Por cierto, que en esta pequeña villa florida y hermosa
procedimos, con alegría no disimulada y profusión fotográfica, al indulto de 5
mejillones, 5 de nuestra cocotte por monísimos y pezqueñines. Quedan en paz.
Compárese el tamaño de la llave del coche y de las 5
ricuras indultats.
En el coche, de camino, emocionados ante nuestro debú olímpico, entrenamos un poco la prueba
musical: Marathon de bagad con doble de sección de viento, pero a los diez
minutos de bombarda estridente debimos abandonar para proceso de descompresión.
Pero aún nos vemos con fuerzas para luchar por un bronce.
Como bronce era el color de la sidra de los tres lugares que
visitamos:
1.- L’atelier de la Pepie, lugar de mucho miedo pegaíto a
Rochefort, donde un joven chienflute (retomamos con vigor la denominación
francesa de perroflauta acuñada en el pasado viaje) portaba en su regazo lo que
sin duda era el cadáver de un niño bretón o, como mucho, un niño bretón a punto
de morir asfixiado.
2.- Cidrerie Nicol, donde una señora rolliza (de las vacas
bretonas y su leche seguro que se hablará con posterioridad) casi nos echa a
los perros por comprarle sólo una botella de sidra tras darnos a dégouter sus 4 variedades
Y 3.- La Maison du cidre, parada para adquirir una nueva
botella y pedir matrimonio al clavel reventón que ejercía de dependienta. P.
deseó que, efectivamente, fuera dependienta, pero de sus propias necesidades
vitales. Su agente de la condicional evitó que llegara a las manos.
La Maison du Cidre, de grato recuerdo, y las hortensias
mutantes, una variante que, como naciones celtas que son, comparten Galicia y
Bretaña
Con todo, este no fue nuestro primer amor imposible del viaje
(y no llevábamos ni medio día): la rapaza de la
de Rochefort nos había robado el corazón hacía
un rato. También hay que decir que somos de fácil robar.
Parada en el castillo de Suscinio, paseíto junto a l’étang y
continuamos hacia Lucie Petton, digo hacia Vannes.
El castillo de Suscinio. como la mansión de los Plaff,
tenía oso y foso, pero aquí, a lo que se ve, el oso murió ahogado.
Queremos, eso sí, destacar también en estas líneas el magnífico y nunca bien ponderado trabajo de los payasos que pagaron a los payasos que dirigieron a los payasos que elaboraron el magnífico puente-de-pega que se observa en la imagen. Manolo y Compañía no lo hubieran hecho mejor.







No hay comentarios:
Publicar un comentario