En el viaje del año pasado, decidimos ir a ver llover a Vannes y quedarnos prendados de la directora del hotel
Ibis de Vannes, a la sazón –y valga el ripio- Lucie Petton. Como nuestra visita
a la ciudad quedó limitada y, sobre todo, nos habíamos dejado la noche,
decidimos que volveríamos allí. Buscamos la joyería de guardia, compramos el
anillo de compromiso, nos rifamos a los chinos quién se quedaba con Lucie (yo dije 4, P. dijo 5 y un señor de marrón que pasaba por allí acertó que no teníamos ninguna ficha) y... ¡¡nuestro gozo en un pozo!!. Sin
noticias de Mme. Petton, única razón por la cual habíamos elegido el, por otra
parte, no muy bien situado hotel.
Con todo el hotel es agradable y nuestra habitación del dernière étage cómoda y abuhardillada.
Durante el camino, un espléndido sol nos había acompañado, por lo que nos las
prometíamos muy felices. Eso sí, fue tocar la habitación cómoda y
abuhardillada y le cielo azul y brillante se convierte en una nube
interminable que, así lo pensamos, nos chafaría de nuevo el paseo por la noche
de Vannes.
Mas sin en cambio, la nube desapareció (suponemos que camino
de Lorient para al día siguiente estar esperándonos agazapada) y, como caracoles
–en este caso, escargots- salimos de
nuestra casita.
Llegamos a la ciudad y rápidamente quedamos abducidos por el
sonido de una banda que tocaba a la puerta de un pub en la plaza del
Ayuntamiento.
Se trataba de una de las actuaciones de Jazz Off, el
programa alternativo y paralelo al por lo visto celebérrimo festival de jazz de
Vannes (digamos que no soy un entendido en la materia, pero este tipo de
manifestaciones son muy agradables y recomendables).
La cosa sonaba más o menos así.
[Perdón. Antes de colgar el vídeo, debo advertirles de que en
el mismo, y esquivando las propias recomendaciones (y posteriores amenazas) de P., él sale en todo su esplendor. De esta manera, las
generaciones futuras podrán contar a las que vinieren que fueron testigos de
cómo P., en la flor de la vida, arriesgándose a ser devorado por las multitudes frenéticas que sus carnes deseaban, chasqueaba sus dedos en Vannes al ritmo de una
banda de jazz. Como diría Barney Stinson, legen-dario. En todo caso, sale pequeñito para evitar posibles represalias.]
En fin, quedan avisados. Voilà le video.
Ese reloj daba las 11. Teniendo en cuenta que Bretaña cierra pronto, como ya se vio el
Una Lobourg de a 2,5€ (la que cierra el vídeo) nos da
fuerzas para buscar asilo gastronómico, ya que la absurda recepcionista del hotel
(¡ay, Lucie Petton!) se había negado a recomendarnos nada que no fuera su propio
refectorio. Paillase!! (probablemente
la palabra más repetida durante esta semana y que ha de pronunciarse [peyás!!]
cuanto más alto y con cuanto mayor tono de desprecio mejor).
Más nuestra pericia y olfato nos hacen triunfar en el
edificio de más renombre de la ciudad, en La Villa Valencia (por la ciudad de
nacimiento de San Vicente Ferrer, patrono y prohombre de la ciudad).
Timbale de petits coquillages, moules de curry et
mango et pizza de pétoncles…con chorizo. Es lógico. No había gambas y qué pegaba más con las
zamburiñas: el chorizo. Están locos estos bretones.
Tras la cena, damos la puntilla al día, con un agradable
paseo, ¡por fin!, por el bonito puerto deportivo, con más música en directo y
con final en una terracita junto a unos chienflute
piojosos que pretendían colocar una peluca rubia a todo calvo con quien se
topaban.
La Casa Valencia, donde la pizza con zamburiñas y chorizo. El edificio, si os dais cuenta, es feo y recién construido
año pasado y se verá éste, hora más que adecuada para levantar el chiringuito.
Frustrado intento de ver juegos olímpicos en la televisión
por la interminable presencia de un judoka medalla de oro (francés, sobra
decirlo) y, cansados, a la cunita.
Sonido de lluvia tras los cristales. La nube ha vuelto para
arroparnos.




No hay comentarios:
Publicar un comentario