viernes, 3 de agosto de 2012

03-08-12 Bretaña, país de payasos

Entre el momento de adentrarnos en el departamento de Morbihan -y así dejar la presque Bretagne- y la llegada a Vannes, es decir, unos cien kilómetros, pudimos contar 3 circos, 3.
El circo Fratelli (hermanos Fratelli, suponemos), el mínimo Circo Massimo y el grandioso Circo Zavatta. De hecho, tuvimos la oportunidad de comprobar sobre el terreno varias de las carpas y confirmar, contra lo que pretende, que el Circo Massimo es Mínnimo. Igual es de pulgas o loros o perros-patada. O igual sólo es para niños rubios bretones muy pequeñitos.

Posteriormente, durante la semana, a la que nos movíamos un poco con el coche, ¡zas!, otro circo, el Pinder y otro, el Boulogne y otro... Esto es claramente una cuestión social: las familias tienen niños que permanecen mucho más tiempo pequeñitos que en el resto del mundo (será cosa de la leche de las vacas bretonas). En sus paraísos rodeados de praderas apenas tienen entretenimientos, al menos no vimos multicines ni centros-comerciales-donde-los-niños-pueden-perderse-fácilmente-o-dar-el-coñazo-al-resto-del-planeta-corriendo-por-los-pasillos-como-desaforados-a-la-manera-española, con lo que hay que entretenerlos de alguna forma. Y el circo, esa ancestral forma de entretenimiento, en la que camellos, vacas flequilleras, sonambulistas (de esos que pasean dormidos por la cuerda floja) y, sobre todo, payasos, se convierte así en la mejor manera de dotar al bretón, desde pequeñito, de ese sentido del humor que los caracteriza y de esa estabilidad como región que, sin duda, los enorgullece.




 
 

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